Del 10 de junio al 24 de junio del 2010
Casi siempre comienzo la reseña con algunas de las
reflexiones que surgen en el camino, a lo largo van
surgiendo numerosos pensamientos, muchas veces
marcados por la soledad en que te mueves y la añoranza
de tus afectos. Hoy me encuentro en uno de los lugares
más hermosos del camino, en la ciudad de Acapulco, con
una vista magnifica de la bahía, desde un lugar no menos
espectacular.
Lo grande de esto es muchas veces, como llego a estar
en esa posición, esas jugadas que te prepara el camino.
Donde no solo sientes que le sos simpático a alguien de
arriba, sino que te llega una energía tan positiva, que
llegas sentir su presencia. La gente se ríe cuando les
comento que viajo dentro de una gran energía positiva y
todo lo que toco lo convierto en oro.
Es esa energía la que te mantiene siempre por encima
de los eventos, que te hace sentir una fuerza de espíritu
indestructible y que además la trasmites a quienes te
rodean en ese momento. Hoy puedo decir que siento
el camino. Sentir el camino hace que uno este siempre
gozando de todas las cosas. Desde el momento que
haces un alto para que enfrié la moto y te encuentras
en silencio escuchando los sonidos de la selva o el
dialogo con las personas que se acercan mostrando su
realidad, en cualquier lado, entregando lo más simple
de sus vivencias. Allí es cuando percibes esa energía y
que por encimas de todo lo malo que hay en el camino
te mantiene dentro de un curso recto hacia tus metas.
Generalmente los eventos son siempre accidentales, lo
que hace de este punto la grandeza de ellos. Por otro
lado están los afectos, esa mochila que estando a lo
largo de todo el camino, hace que cada acción tuya te
retrotraiga una acción similar con tu esposa o tus hijos o
tus amigos. Desde lo que comes hasta el paisaje que ves,
te transporta hacia los tuyos. Y cuanto más te alejas de
ellos más cerca los tienes. Esta es la aventura, vivir entre
lo que dejaste y lo que va surgiendo, manteniendo un
equilibrio. Ese equilibrio lo da esa fuerza positiva que te
acompaña, poniéndote siempre en carrera hacia la meta
cada día más cerca. Donde ningún evento llega a ser tan
nocivo, te pueden jaquear pero nunca darte el mate.
Ahora es tiempo de relatar cómo he llegado hasta este
lugar tan magnífico.
Abandone el local de Eduardo en costa Rica de mal
humor. El “vengo temprano” de este hizo que lo estuviese
esperando hasta las 10,30 y nunca apareció. Salí sin
poder agradecerle lo que había hecho por un uruguayo,
y sin explicarle que se me había caído la cortadora de
pelo y una de las cuchillas sufrió el impacto. Eduardo,
Waldo y Jorge habían sido mis puntales en Costa Rica, su
solidaridad me ponían de vuelta en el camino.
Salía tarde y la meta era Nicaragua, le di duro hasta
la frontera y desde allí hasta Rivas donde llegue por la
noche. Un pueblo pequeño sin grandes construcciones,
luego de girar por varios lugares llego hasta el cuerpo de
bomberos voluntarios. Allí me dieron alojamiento por la
noche y entre los gurises hicimos buenas migas.
Allí estaban Francisco Alvarado, Eddy Silva, Dagoberto
Arana, Valesca Salazar, Joseph Selva, y Marconi
Calderón. Todos eran gurises voluntarios. El cuerpo de
bomberos de Rivas vive gracias a la colaboración de otras
entidades, pues no tiene recursos propios. Los equipos
son donaciones de otros países y estos muchachos
son honorarios. Muchos de los políticos les prometen
cosas pero nunca han tenido el debido respaldo y se
van revolviendo como pueden. Esa noche la pasamos a
resguardo gracias a ellos continuando hacia Managua en
la mañana. Fuimos disfrutando de sierras y selva en la
mañana hasta la capital. Anduve varias horas buscando
un lugar donde quedarme, al final llego a un restaurant
que se llamaba Gauchos del Sur, en la carretera
Masayam Km 10.
Restaurant uruguayo o argentino pensé y me metí para
adentro.
Allí me encontré con un lugar arbolado de mangos, con
dos o tres cuerpos de construcciones, donde ofrecían
todos los servicios, parrilla, pizas, bar y música en
vivo. Fui a dar con el dueño que me invito a almorzar.
Guillermo Daniel Díaz Echeveste resulto ser del cerro,
tenía 57 años y estaba acompañada de su hija Mónica,
ambos estaban al frente del restaurant. Guillermo
hacia varios anos en Managua, había tenido antes una
pizzería llamada Don Victorio por lo cual el restaurant
tenía dos nombres, las cosas no marchaban muy bien.
Trabajo no podían darme pero podía quedarme hasta
la mañana, contando con la cena de gallo pinto. Esta
comida tradicional en costa rica, es hecha a base de
arroz y frijoles, pero en el caso de los nicaragüenses no
le agregan ningún saborizante ni aderezo, lo que hace
difícil tenerle estima ya que se convierte en una comida
desabrida. Estoy podrido del gallo pinto me comentaba
uno de los cocineros.
Esa noche la pase debajo de un alero cerca del horno de
pizzas. En la mañana, temprano estaba haciendo ruta,
también no vino nadie temprano como para despedirme
de ellos. Puse rumbo a Honduras, al salir de Managua
había una moto con una pareja desparramados en la
carretera, sin casco. La piel se me erizo al pasar junto
a ellos. Seguí a buen ritmo hasta la frontera, durante el
camino dialogue con gente del FSLN, cansada de batallas
y de los pocos cambios conseguidos. Más tarde vi el
lugar donde les entregaron tierras a los que pelearon,
en un paramo, sin luz ni agua. Llegando a Jinotepe me
paro una patrulla de caminos para aplicarme una multa
por exceso de velocidad en un tramo de 40 kits/hora. Al
final no solo me perdonaron la multa sino que fui invitado
con biscochos y refresco .Eran Juan Manuel Garcia y
Dager Bravo dos policías montados en una Honda 125,
Los policías Nicas que andan en moto salen siempre en
pareja. Crucé la frontera con la imagen de Daniel Ortega
dueño de restaurantes y hoteles de primer nivel… y lo que
era cuando inicio su revolución.
Me seguí internando en honduras, cerca de la tardecita
estaba en Choluteca.
Me aproximo un centro de alineación para hacer las
preguntas del caso, se había terminado la plata y
necesitaba trabajar. El dueño del lugar empezó a
hablar de las posibilidades, cuando se acerco uno de
sus clientes a la charla. Este resulto ser argentino,
se llamaba Javier Scalso. Con Javier enseguida nos
llevamos bien, enterado de mi situación se ofreció para
darme alojamiento en su casa, luego me invito a tomar
unas cervezas y cena en un lugar de comida mexicana.
Yo legaba maltrecho, dando lastima, los vaqueros
agujereados por todos lados, habían soportado casi 5
meses de carreteras, y su efecto se sentía en todos,
inclusive en la Cimarrona.
Me moví con Javier para todos lados, el se iba al otro
día al norte a trabajar sus maquinas, pero mientras dejo
todo organizado para que tuviera a resguardo. Me regalo
un vaquero y me presento a su madrasta, Hilda quien
tenía un restaurant donde se hacía parilla argentina
y me dio 200 lempiras que me sostuvieron el tiempo
que estuve allí. Al otro día estábamos instalados en la
parrillada. La situación de Honduras no es buena pero me
fui amoldando a la situación. En el segundo día de estar
en el local conocí a dos ingenieros civiles, Javier Girón y
Ángel Boanerges, con quien compartí su mesa, charla y
unas cervezas. Al final me dejaron 500 lempiras de apoyo
al sueño con la consigna de que honduras era un pueblo
que aceptaba a cualquier extranjero, y que la delincuencia
que imperaba por el país era consecuencia de su propia
pobreza. Otro estado corrupto e iban…cuantos!!!.
Los días pasaron tranquilos en Choluteca, era época de
lluvias y por lo tanto llovía todos los días. Sabía que eso
era hasta que me pusiera a rodar nuevamente. Había
viajado contantemente bajo el sol. Mi mente sabia el
momento de partir, lo intuía siempre.
En el local de Hilda Chocón estaban Leonardo, Enrique,
Jefferson, Nixerella, Ingrid y Brenda Pradi, que eran el
estaf completo del lugar. Además allí conocí a Karen
hermana de Javier y su esposo Cesar Andino y a Enrique
esposo de Brenda que junto a Isis conformaban una
familia esplendida. Todos ellos de alguna manera hicieron
mi vida más fácil por allí. Con obsequios, con largas
charlas de la realidad catracho. Un día apareció Daniel
Socalzo, hijo de Hilda, dejándonos la invitación para
conocer Tegucigalpa. Acordamos hacerlo a la vuelta
para no tener que subir tanto hasta la capital ya que al
regreso era todo descenso. Por fin decido ir hacia el
Salvador, una mañana me despido de Hilda que me dio
500 lempiras para el viaje y arranco a hacer carretera.
Ese día le pegamos duro con la cimarrona, llegando hasta
San Salvador, donde busque apoyo para quedarme,
No lo conseguí y decidí continuar hasta el norte. En la
nochecita me detengo en una Shell y armo campamento
en las afueras de San Salvador, para continuar al otro día.
El guardia de la estación me convido esa noche con
unas tortillas típicas y café. A las 5:30 me despertó
para que siguiera camino, desayunamos juntos y nos
despedimos hasta el regreso. Había planeado llegar ese
día a la ciudad de Guatemala. Fue un largo trecho de
subidas y bajadas hasta alcanzarla, enseguida busque la
empresa de canela, representante de matul, el aceite de
la cimarrona.
En la nochecita me habían mandado a Yamaha para el
servicio gratuito. Llegue cerca del cierre, empapado por
uno de los aguaceros más grandes que sufrí en mi vida.
Guatemala es una ciudad en la altura por lo que el frio
tiene una presencia importante. En Yamaha quedo la
moto con todo su equipamiento, mientras afuera el agua
continuaba. Me puse la otra muda de ropa y salí a la calle.
La intención era hacer el servicio en la mañana, esa fue
la peor noche del viaje, sin el equipo para dormir tuve
que arreglarme en una Shell contra un muro, donde el
frio y el viento se colaban por los agujeros del vaquero.
Casi que no pude pegar un ojo. No encontraba acomodo,
el frio era demasiado. A las seis de la mañana estaba
en Burger King con un delicioso café con leche, había
pasado la peor noche del viaje. Luego del café fui por
la Cimarrona a Yamaha donde me dieron la sorpresa
de que no me correspondía el servicio gratuito. Tome la
cimarrona y me fui de allí, volviendo a Motul para que me
asesoraran sobre donde podría ir. Allí Andrés el gerente
me encamino en la ciudad y me dio 4 litros de aceite y
dos engrasa cadenas. Con eso salía buscar la parilla de
un uruguayo, llamada la estancia, de pronto podía hacer
algún mango para seguir camino. El dueño no me dio ni
la hora, tenía varios locales y estaba actuando de seudo
comentarista del mundial en la televisión local. La que me
dio una mano grande fue la encargada de los recursos
humanos, me dio una campera para la lluvia y me invito
con una hamburguesa del local.
Seguía estando en la calle, me dirigí a otra parilla, esta
de un argentino llamada la media cancha. Menos suerte,
pero al retornar veo un taller de motos y bajo. Les pido
para hacer un servicio y me atienden de buena onda. El
local de Moto Punto era un negocio familiar que estaba
a cargo del Lic. Jorge Alfonso Pantoja más conocido
como Poncho Pantoja. Poncho había sido comentarista
del campeonato mundial GP en canal 3 y luego se había
dedicado a la importación de motos y accesorios para
competición. Acuerdo con Poncho pasar al otro día, las
nubes presagiaban otro aguacero, por lo que me dirijo
a JKF una de las más grandes empresas de repuesto
en Guatemala en busca de el recambio de las cubiertas;
(Están hechas pelota).
Me contacto esa noche con gente del club de motos.
Estaban preparando una carrera en El Salvador para
ese fin de semana. Allí comparto charlas y relatos con
todos me dicen que van a ver lo que pueden hacer por
mí. Uno de los dirigentes del club me da 100 quetzales
en apoyo a la lucha. Esa noche volví a la Shell un poco
mejor armado, tenía todo el equipo seco y estaba con la
moto. Tenía toda la esperanza puesta en el otro día. Me
compre una hamburguesa para festejar las posibilidades y
prepare las cosas para pasar la noche.
Al otro día vuelvo a Moto Punto y cambio el aceite, allí
veo algunas de las maquinas increíbles que estaban a
la venta, una Kawasaki concours, Yamaha FZ1 y FZ6,
y Honda CBR 929. Vuelvo por repuestas de la gente de
repuesto las que son nulas, no me podían dar apoyo. Ese
día continúo la búsqueda por un par de cubiertas pero fue
una pérdida de tiempo, no logre nada.
Otra noche en la Shell ya con la intención de irme
de Guatemala. En la mañana salgo temprano, paso
por el taller de moto Punto y me despido de la gente.
Hago negocio con el aceite, Poncho con su amabilidad
característica me da 200 Q como colaboración para el
tanqueo. Esto eran todos los recursos a utilizar para llegar
a México.
Con el malestar de haber perdido el tiempo me hago
nuevamente a ruta. Tenía una fe barbará en que en
Guatemala iba a conseguir el apoyo necesario para dejar
a la Cimarrona en condiciones optimas para el resto
del camino. Esto no pudo ser así pero igualmente nos
sentíamos fuertes para seguir adelante. Si hay algo que
descubrí en el camino es que puedo perder una batalla,
pero no la guerra.
Me acercaba a la meta establecida cada vez más y con
ello crecía mi entereza. El instinto me llevaba al camino,
sentía que nada saldría mal. Que los malos momentos
eran solo eso: malos momentos. Al final después del
cruce de un puente desmoronado por el agua, sobre
unas tablas llegue a México. Estábamos contentos, creo
que ni yo podía creer que había llegado hasta aquí.
En ese momento sentí lo cerca que estaba del sueño.
Empecé a tener comunicaciones de mejor calidad, estaba
llegando a la civilización. Sentir que volvía a tener un
dialogo nuevamente con mis afectos en mi tierra, eso y
el lugar eran cosas que me hacían bien. En la noche Salí
de la frontera y comencé a buscar una gasolinera para
quedarme. A todas las que fui me dieron la negativa por
lo cual seguí adelante. Cerca de Hidalgo veo venir a una
moto como bólido en senda contraria, al rato la tenia al
lado. Pare y comenzamos a charlar. Era un muchacho
con una Suzuki 650 de competición con todos los
plásticos al mango, anaranjada metalizada, una maquina
elegante con toda la potencia para correr.
Hablamos de la posibilidad de alojamiento en hidalgo,
pero Alejandro me plantea que puedo pasar la noche en
su casa donde tienen otra casita vacía.
En ese momento empieza a llover y arrancamos para su
casa, donde llegamos empapados. Nos cambiamos y
estuvimos un buen rato de charla. El poblado se llamaba
Francisco de Imaderos y el piloto Alejandro de la Cruz
Barrios, el lugar era una especie de terreno que albergaba
la casa de varios parientes con todas sus familias. Allí
estaban sus tíos y hermano. La casa donde me dio
para quedarme estaba retirada de las principales y el
único amueblamiento era una cama de plaza y media.
El jolgorio de los pájaros y el cotorrerio de las voces de
las mujeres me despertó, junte todo salí afuera. El lugar
estaba bueno, varias construcciones alrededor de una
principal donde se encontraba el fogón, un enorme horno
a leña, un lavadero y una maquina de moler maíz. Todo
techado bajo un mismo recinto, que oficiaba de cocina.
A cargo de ella estaba Amalia, una viejecita de 74 anos
que cuando murieron los padres de Alejandro se hizo
cargo del. Alejandro se encargaba de moler el maíz por
las mañanas a todas las mujeres que venían y cobraba
una modesta suma por ello. Después de molerlo con un
poco de agua se obtenía una pasta que era usada en la
confección de las tortillas. Estas eran una constante a lo
largo del país. Todas las comidas se sirven con tortillas y
casi que sin cubiertos.
Además cuidaba de una hectárea de terreno donde tenía
sembrado maíz. Alguna vez estuvo trabajando en USA
donde se compro la moto y se vino con la madre – abuela.
Luego del desayuno puse ropa a lavar. Cada vez que
tenia la suerte de dar en una casa era de primer orden
aprovechar para lavar todo lo posible. Lo que no ayudaba
era que estaba nublado y el secado llevaría todo el día.
Por lo cual decidimos que era bueno quedarme otra
noche. Una de las tías, Floridalma, me convido con mole
de pollo para el almuerzo, El mole es un preparado tipo
guiso pero donde todo está licuado, además de
ingredientes como el cacao, conformando una pasta
oscura con el toque de chile jalapeño donde se reboza
cualquier carne. En la tarde Amalia se dedico a amasar
para sacar una horneada de pan dulce, en todo tipo de
moldes. Bauticé a los panes “Coqueiro” pues el molde era
una lata de sardinas ovalada de las grandes de esta
marca tan conocida. El resto de la tarde lo dedique a
internet. Comenzaba a estar con velocidades más altas lo
que beneficiaban el trabajo. A lo largo del camino había
dado con equipos tan malos y lentos que te sacaban las
ganas de trabajar. Pude respaldar más de mil fotos que
tenía en la cámara. Como era la regla en la noche volvió a
llover. En la mañana después de despedidas salí rumbo
a “Viva México” lugar donde se encontraba un reten de
aduanas para tramitar los papeles de la moto. Estando en
el lugar conocí a un uruguayo y un yanqui de los Ángeles,
bromeábamos del partido que iban a tener México y
Uruguay por la copa del mundo. Más adelante me
encuentro con un grupo de motos aparcadas en la vera de
la ruta, me detengo y me presento. Una de las motos iba
con problemas, saco un cable que uso de medidor de
tanque y veo que tiene gasolina y la maquina no encendía.
De pronto me fijo en la llave de paso de la nafta y veo que
esta para abajo.
- Cambia la llave para arriba, así la pones en reserva.
No prende porque solo queda gasolina para la reserva.
- doy estas directivas con autoridad y la maquina queda
marchando.
-vamos a desayunar a un lugar que queda a diez minutos,
venís?
- No tengo para el desayuno, solo el tanqueo para llegar a
Puerto Escondido.
- No importa, nosotros te invitamos.
De esta manera me enrole en la caravana, eran como
20 motos de todo tipo y color, conformado por seis de
Guatemala y el resto de Chápala. No sé donde me
llevaron, pero el restauran era un clásico en la zona,
con música en vivo, estaba lleno de gente y moteros.
Nos sirvieron carniza de cerdo, son platos con carne de
cerdo al horno, desmenuzada, acompañadas con tortillas
y una salsa verde picante y ensalada mixta. Me comí tres
platos y todavía me prepararon una bandeja para el viaje.
Pasamos un buen rato agradable entre bromas y cuentos
de ruta, Quedamos de comunicarnos por correo, nunca
supe quienes eran, más que su nacionalidad. Aquel
desayuno-almuerzo-cena me había retrasado un par de
horas, por lo que le di duro hasta Arriaga, al cual llegue
de noche. Me aloje en Defensa Civil, una especie de
entidad entre bomberos y 911. Me ofrecieron todas las
comodidades, y entre la charla se fue pasando el tiempo
hasta la hora de acostarme. En la mañana desayunamos
juntos y entre chanzas me despedí de esta buena gente.
Quedamos de vernos a la vuelta, poniendo proa hacia
Puerto Escondido. Me costó ponerme en camino, la
señalización es un poco extraña por aquí pues los
carteles te ponen el número de carretera y a la desviación
para entrar a cualquier pueblo tiene el mismo número
de ruta salvo excepciones. Los peajes son caros, por
lo que fui siempre por rutas de alternativa tratando de
esquivarlos, lo que pude lograr hacer positivamente.
La comida en ruta es cara, por lo que me plantee
mantener valores de un tercio del tanqueado para cada
comida. Es decir que si mi gasto de tanqueo es de
aproximadamente 60 pesos, tenía que sobrevivir con 20.
Lo que solo me deja margen de hacer una comida y un
frugal desayuno, solo tengo que equilibrar la distancia
tiempo entre ellas.
Había entrado por un costado de Chiapas, pero
quedaban muchos kilómetros para alcanzar la costa,
anduvimos todo el día entre montanas altas, subiendo
y bajando constantemente hasta alcanzar Puerto
Escondido finalmente. Un lugar de bahía tranquila con
montañas que abruptamente terminaban en el mar.
Me dedique a ponerme al día con internet y buscar un
lugar para dormir, que al fin conseguí en el local de la
alcaldía, un pasillo bajo techo nos iba a cobijar durante
un par de noches, bromeamos con los mexicanos del
lugar sobre el partido que teníamos al otro día. Les
recomendé que compraran vaselina para que no les
doliera tanto cuando lo empomáramos. Al otro día seguí
con internet y pude comunicarme con la familia y algún
amigo. Vi el partido entre sesenta mexicanos y fui el
único que grito el gol, por suerte ellos se clasificaron,
sino estaba difícil para mí más entre tantos mexicanos.
Pase esa noche nuevamente en Puerto Escondido para
continuar temprano la ruta. A la salida había un cartel que
anunciaba Acapulco a 340 Kilómetros, lo que presagiaba
un día duro con el calor y la distancia.
Anduvimos como tres horas entre selva y montañas, lleno
de curvas, subidas y bajadas; rodeados de vegetación
espesa y canto de aves.
De pronto aparece un cartel anunciando Acapulco a 360
kilómetros, no entendía nada, había navegado ciento y
pico de kilómetros y me quedaba más que al principio,
había algo mal. Me detengo prendo un cigarro y comienzo
a evaluar cuanto tanqueos tenía para llegar, por suerte el
dinero me alcanzaba justo con algún sobrante. Tendría
que trabajar en Acapulco para seguir adelante.
La Cimarrona sintió la dureza de los lomos de burro,
cruzamos cerca de cien para llegar hasta Acapulco; en
la tarde, casi entrada la noche estamos llegando, el plato
trasero venia a punto de romper sus agarres a la masa,
nuevamente como en Costa Rica necesitaba hacer la
misma reparación pero en condiciones peores. Se había
barrido gran parte del aluminio de la masa. Bajando el
cerro rumbo al mar veo un taller de motos, me estaciono
allí, eran como las ocho de la noche e intentaba esperar
hasta la mañana para reparar. Pase el tiempo hasta
que me quede dormido sentado en el murito, presa del
cansancio.
Siento un tironeo en la billetera, en el bolsillo de atrás y
abro los ojos, sorprendiéndome con el rostro de una joven
que intentaba sacarla; me incorporo de un salto, hecho
mano a la navaja la abro y salgo corriendo detrás de ella
mientras amenazo:
-
Te voy a cortar una mano, hija de puta!
Me detengo como a los treinta metros sabiendo que
nunca la alcanzaría, tenía como quince anos y corría
descalza. Vuelvo a la moto y en una inspección visual veo
que me han robado también el toldo de la carpa que la
cubría y el par de chinelas que me dio Hilda en Honduras,
bajo la vista y veo el sobre de la cámara abierto y sin ella.
-
La C… de tu madre, hija de puta…- grite desde lo
profundo.
No volví a dormir, la desazón por el robo de la cámara y la
impotencia de no poder hacer nada era mayúscula.
Repasaba las fotos que había perdido y seguía
maldiciendo, toda la entrada en México se había ido con
ella.
A las ocho abrió el taller enclavado en la loma:
-
Que necesitas? Me inquiere el dueño
-
Necesito hacer una reparación, yo mismo la hago,
solo necesito un martillo, ves? Y le señalo la rueda
trasera.
La observa y contesta:
-
Mira las herramientas no las presto, para eso abrí un
negocio, eso te cuesta 300 pesos
-
300 pesos, bueno, entonces gracias, que tengas
suerte.
Me monto en la moto y salgo en busca de otro lugar.
Preguntando a la gente y escoltado por una moto de
Policía de tránsito llego hasta el taller Motomar en Av.
Farallón, Moisés su dueño no estaba pero sus empleados
me permitieron hacer la reparación. Termine pasado el
mediodía por lo cual me despedí y salí con rumbo a la
estación de policía para denunciar el robo de la cámara.
Iba no se por donde cuando siento reiterada bocinas, giro
la cabeza hacia la izquierda y desde un utilitario blanco
me gritan:
-
En serio venís de Uruguay?
Y me hace una seña para aparcarnos adelante.
-
Sos uruguayo, venís desde allá en esta moto, vi las
banderas…cuando le cuente esto a mi mujer no lo va
a creer. Donde te alojas?
Allí le cuento mis peripecias, que voy a la policía a hacer
la denuncia, que no tengo donde alojarme y otras cosas
más.
-
Bueno, vemos que podemos hacer, porque no te vas
hasta Palladium donde trabajamos y ahí vemos, de
pronto te quedas en casa, tengo una habitación con
baño. Pero debes estar antes de las seis.
-
Sabes cómo llegar? – Dando instrucciones precisas
para llegar a Palladium, dado que vivía detrás de allí.
Así fue como conocí a Martin Tanzarelli, quien seria junto
a su esposa Claudia mis mecenas en Acapulco.
Retome la ruta con la alegría del encuentro, los policías
no me aseguraron que pudiera recuperar la cámara y
quedaron de mandar un mail en caso de hallarla.
De inmediato salí hacia Palladium, en busca de
Martin,”Subiendo la loma la vas a ver, un local enorme
blanco”. Empecé a subir buscando el lugar, me detengo a
preguntar a una pareja que estaba sentada en el muro de
la vereda, donde quedaba Palladium.
-
Dos cuadras para atrás – contestaron.
Al fin logre trepar hacia el lugar, Martín no había llegado
por lo cual en la espera tuve la oportunidad de apreciar
el lugar y sus vistas magnificas. Palladium era la más
grande discoteca de Acapulco enclavada en la cima de un
cerro con toda la ciudad a sus pies. El panorama era uno
de los más hermosos del viaje.
-
Comiste? – Inquirió Martin cuando llego
-
Bueno, vamos a buscar a la uruguaya y vamos a
comer algo.
Lo seguí hasta su casa a mitad del cerro, allí conocí a
Claudia Igartua, la uruguaya, con sus ocho meses de
embarazo a cuesta. La casa y el lugar que me asignaron
eran de maravillas, no lo podía creer. Me di un baño para
matar todo los bichos que había mantenido en el camino y
salimos a comer.
La amplitud de cabeza de Martin, que fueran tan abiertos,
el estar en un hogar, aun en construcción, en la espera
de una hija y el entorno que estaba me hacía sentir
eternamente agradecido. No tenía palabras ni gestos para
agradecer estos momentos. Tuve que rever mis valores
hacia los porteños, había encontrado a uno que tenía
un gran corazón y que a su vez estaba casado con una
uruguaya.
Los días en casa de Martín y Claudia eran los mejores
desde que había estado en Perú en casa de Iván.
Pude trabajar en la compu, ponerme al día con todo,
prepararme para seguir con todo blanqueado, surgían
contactos por parte de ellos pues sus familiares estaban
en los Ángeles, donde me dirigía, y sus conocimientos me
servirían para el futuro del viaje. Me mimaban en un hogar
y eso hacía que me sintiera de maravillas, poder bañarme
cuando quisiera y lavar los dientes a cada momento,
tener una cama y un baño, eran cosas que me parecían
increíbles y que nunca pensé en darles valor tan preciado.
Martin hasta me compro un par de lentes que hacían mis
tareas más fáciles, ese día casi me hace llorar, había
estado sin poder leer adecuadamente desde Puerto
Madryn, casi 16000 kilómetros atrás.
No es que uno se valla ablandando, pues mi espíritu
permanecía salvaje y indómito como al principio, sino
que empezaba a apreciar las pequeñas cosas, los gestos
simples que tenían las personas, sabia cuanta ayuda
necesitaba y cuan preciada era a la hora de llegar.
Esta pareja era un oasis de paz en el camino, estaban
ayudando a curarme y fortaleciendo para lo que seguía.
En las tardes íbamos a la playa, donde intentábamos
pescar con Martin algo, solo logramos sacar los peces
mas insólitos y feos de la bahía. Pasábamos hasta tarde
a la orilla del mar, saboreando la vista y liberando los
espíritus al son de las olas.
Hemos visto los partidos de Uruguay y Argentina
apoyando mutuamente nuestras selecciones en un hecho
sin parangones, (yo, hinchando por Argentina, realmente
insólito) gozando de sendos triunfos.
Esta convivencia había creado un lazo de aprecio y cariño
hacia ellos, ojala en el futuro nos volvamos a encontrar en
Uruguay y pueda devolver aunque solo sea una parte de
tantas gentilezas.
Estoy fuerte nuevamente, mañana o pasado sigo adelante
en busca de los Ángeles, mi meta futura, estamos en ruta.
Solo queda el agradecimiento de esta etapa a Poncho, su
carácter de buena persona nos hizo llegar hasta México y
a su equipo de Moto Punto.
A Hilda y su ayuda en el restaurant que con sus bondades
permitió seguir adelante.
Y en un capítulo aparte a Martin y Claudia que gracias
a ellos deje de ser un perro de la calle y volví a
rencontrarme con una familia.
Gracias a todos los amigos y familia que permiten
haber llegado hasta aquí, sin su apoyo este viaje habría
terminado hace rato.
A todos gracias, gracias…gracias y que la fuerza este con
vosotros.
Ernesto Urrestarasu.
Del 10 de junio al 24 de junio del 2010
Casi siempre comienzo la reseña con algunas de las
reflexiones que surgen en el camino, a lo largo van
surgiendo numerosos pensamientos, muchas veces
marcados por la soledad en que te mueves y la añoranza
de tus afectos. Hoy me encuentro en uno de los lugares
más hermosos del camino, en la ciudad de Acapulco, con
una vista magnifica de la bahía, desde un lugar no menos
espectacular.
Lo grande de esto es muchas veces, como llego a estar
en esa posición, esas jugadas que te prepara el camino.
Donde no solo sientes que le sos simpático a alguien de
arriba, sino que te llega una energía tan positiva, que
llegas sentir su presencia. La gente se ríe cuando les
comento que viajo dentro de una gran energía positiva y
todo lo que toco lo convierto en oro.
Es esa energía la que te mantiene siempre por encima
de los eventos, que te hace sentir una fuerza de espíritu
indestructible y que además la trasmites a quienes te
rodean en ese momento. Hoy puedo decir que siento
el camino. Sentir el camino hace que uno este siempre
gozando de todas las cosas. Desde el momento que
haces un alto para que enfrié la moto y te encuentras
en silencio escuchando los sonidos de la selva o el
dialogo con las personas que se acercan mostrando su
realidad, en cualquier lado, entregando lo más simple
de sus vivencias. Allí es cuando percibes esa energía y
que por encimas de todo lo malo que hay en el camino
te mantiene dentro de un curso recto hacia tus metas.
Generalmente los eventos son siempre accidentales, lo
que hace de este punto la grandeza de ellos. Por otro
lado están los afectos, esa mochila que estando a lo
largo de todo el camino, hace que cada acción tuya te
retrotraiga una acción similar con tu esposa o tus hijos o
tus amigos. Desde lo que comes hasta el paisaje que ves,
te transporta hacia los tuyos. Y cuanto más te alejas de
ellos más cerca los tienes. Esta es la aventura, vivir entre
lo que dejaste y lo que va surgiendo, manteniendo un
equilibrio. Ese equilibrio lo da esa fuerza positiva que te
acompaña, poniéndote siempre en carrera hacia la meta
cada día más cerca. Donde ningún evento llega a ser tan
nocivo, te pueden jaquear pero nunca darte el mate.
Ahora es tiempo de relatar cómo he llegado hasta este
lugar tan magnífico.
Abandone el local de Eduardo en costa Rica de mal
humor. El “vengo temprano” de este hizo que lo estuviese
esperando hasta las 10,30 y nunca apareció. Salí sin
poder agradecerle lo que había hecho por un uruguayo,
y sin explicarle que se me había caído la cortadora de
pelo y una de las cuchillas sufrió el impacto. Eduardo,
Waldo y Jorge habían sido mis puntales en Costa Rica, su
solidaridad me ponían de vuelta en el camino.
Salía tarde y la meta era Nicaragua, le di duro hasta
la frontera y desde allí hasta Rivas donde llegue por la
noche. Un pueblo pequeño sin grandes construcciones,
luego de girar por varios lugares llego hasta el cuerpo de
bomberos voluntarios. Allí me dieron alojamiento por la
noche y entre los gurises hicimos buenas migas.
Allí estaban Francisco Alvarado, Eddy Silva, Dagoberto
Arana, Valesca Salazar, Joseph Selva, y Marconi
Calderón. Todos eran gurises voluntarios. El cuerpo de
bomberos de Rivas vive gracias a la colaboración de otras
entidades, pues no tiene recursos propios. Los equipos
son donaciones de otros países y estos muchachos
son honorarios. Muchos de los políticos les prometen
cosas pero nunca han tenido el debido respaldo y se
van revolviendo como pueden. Esa noche la pasamos a
resguardo gracias a ellos continuando hacia Managua en
la mañana. Fuimos disfrutando de sierras y selva en la
mañana hasta la capital. Anduve varias horas buscando
un lugar donde quedarme, al final llego a un restaurant
que se llamaba Gauchos del Sur, en la carretera
Masayam Km 10.
Restaurant uruguayo o argentino pensé y me metí para
adentro.
Allí me encontré con un lugar arbolado de mangos, con
dos o tres cuerpos de construcciones, donde ofrecían
todos los servicios, parrilla, pizas, bar y música en
vivo. Fui a dar con el dueño que me invito a almorzar.
Guillermo Daniel Díaz Echeveste resulto ser del cerro,
tenía 57 años y estaba acompañada de su hija Mónica,
ambos estaban al frente del restaurant. Guillermo
hacia varios anos en Managua, había tenido antes una
pizzería llamada Don Victorio por lo cual el restaurant
tenía dos nombres, las cosas no marchaban muy bien.
Trabajo no podían darme pero podía quedarme hasta
la mañana, contando con la cena de gallo pinto. Esta
comida tradicional en costa rica, es hecha a base de
arroz y frijoles, pero en el caso de los nicaragüenses no
le agregan ningún saborizante ni aderezo, lo que hace
difícil tenerle estima ya que se convierte en una comida
desabrida. Estoy podrido del gallo pinto me comentaba
uno de los cocineros.
Esa noche la pase debajo de un alero cerca del horno de
pizzas. En la mañana, temprano estaba haciendo ruta,
también no vino nadie temprano como para despedirme
de ellos. Puse rumbo a Honduras, al salir de Managua
había una moto con una pareja desparramados en la
carretera, sin casco. La piel se me erizo al pasar junto
a ellos. Seguí a buen ritmo hasta la frontera, durante el
camino dialogue con gente del FSLN, cansada de batallas
y de los pocos cambios conseguidos. Más tarde vi el
lugar donde les entregaron tierras a los que pelearon,
en un paramo, sin luz ni agua. Llegando a Jinotepe me
paro una patrulla de caminos para aplicarme una multa
por exceso de velocidad en un tramo de 40 kits/hora. Al
final no solo me perdonaron la multa sino que fui invitado
con biscochos y refresco .Eran Juan Manuel Garcia y
Dager Bravo dos policías montados en una Honda 125,
Los policías Nicas que andan en moto salen siempre en
pareja. Crucé la frontera con la imagen de Daniel Ortega
dueño de restaurantes y hoteles de primer nivel… y lo que
era cuando inicio su revolución.
Me seguí internando en honduras, cerca de la tardecita
estaba en Choluteca.
Me aproximo un centro de alineación para hacer las
preguntas del caso, se había terminado la plata y
necesitaba trabajar. El dueño del lugar empezó a
hablar de las posibilidades, cuando se acerco uno de
sus clientes a la charla. Este resulto ser argentino,
se llamaba Javier Scalso. Con Javier enseguida nos
llevamos bien, enterado de mi situación se ofreció para
darme alojamiento en su casa, luego me invito a tomar
unas cervezas y cena en un lugar de comida mexicana.
Yo legaba maltrecho, dando lastima, los vaqueros
agujereados por todos lados, habían soportado casi 5
meses de carreteras, y su efecto se sentía en todos,
inclusive en la Cimarrona.
Me moví con Javier para todos lados, el se iba al otro
día al norte a trabajar sus maquinas, pero mientras dejo
todo organizado para que tuviera a resguardo. Me regalo
un vaquero y me presento a su madrasta, Hilda quien
tenía un restaurant donde se hacía parilla argentina
y me dio 200 lempiras que me sostuvieron el tiempo
que estuve allí. Al otro día estábamos instalados en la
parrillada. La situación de Honduras no es buena pero me
fui amoldando a la situación. En el segundo día de estar
en el local conocí a dos ingenieros civiles, Javier Girón y
Ángel Boanerges, con quien compartí su mesa, charla y
unas cervezas. Al final me dejaron 500 lempiras de apoyo
al sueño con la consigna de que honduras era un pueblo
que aceptaba a cualquier extranjero, y que la delincuencia
que imperaba por el país era consecuencia de su propia
pobreza. Otro estado corrupto e iban…cuantos!!!.
Los días pasaron tranquilos en Choluteca, era época de
lluvias y por lo tanto llovía todos los días. Sabía que eso
era hasta que me pusiera a rodar nuevamente. Había
viajado contantemente bajo el sol. Mi mente sabia el
momento de partir, lo intuía siempre.
En el local de Hilda Chocón estaban Leonardo, Enrique,
Jefferson, Nixerella, Ingrid y Brenda Pradi, que eran el
estaf completo del lugar. Además allí conocí a Karen
hermana de Javier y su esposo Cesar Andino y a Enrique
esposo de Brenda que junto a Isis conformaban una
familia esplendida. Todos ellos de alguna manera hicieron
mi vida más fácil por allí. Con obsequios, con largas
charlas de la realidad catracho. Un día apareció Daniel
Socalzo, hijo de Hilda, dejándonos la invitación para
conocer Tegucigalpa. Acordamos hacerlo a la vuelta
para no tener que subir tanto hasta la capital ya que al
regreso era todo descenso. Por fin decido ir hacia el
Salvador, una mañana me despido de Hilda que me dio
500 lempiras para el viaje y arranco a hacer carretera.
Ese día le pegamos duro con la cimarrona, llegando hasta
San Salvador, donde busque apoyo para quedarme,
No lo conseguí y decidí continuar hasta el norte. En la
nochecita me detengo en una Shell y armo campamento
en las afueras de San Salvador, para continuar al otro día.
El guardia de la estación me convido esa noche con
unas tortillas típicas y café. A las 5:30 me despertó
para que siguiera camino, desayunamos juntos y nos
despedimos hasta el regreso. Había planeado llegar ese
día a la ciudad de Guatemala. Fue un largo trecho de
subidas y bajadas hasta alcanzarla, enseguida busque la
empresa de canela, representante de matul, el aceite de
la cimarrona.
En la nochecita me habían mandado a Yamaha para el
servicio gratuito. Llegue cerca del cierre, empapado por
uno de los aguaceros más grandes que sufrí en mi vida.
Guatemala es una ciudad en la altura por lo que el frio
tiene una presencia importante. En Yamaha quedo la
moto con todo su equipamiento, mientras afuera el agua
continuaba. Me puse la otra muda de ropa y salí a la calle.
La intención era hacer el servicio en la mañana, esa fue
la peor noche del viaje, sin el equipo para dormir tuve
que arreglarme en una Shell contra un muro, donde el
frio y el viento se colaban por los agujeros del vaquero.
Casi que no pude pegar un ojo. No encontraba acomodo,
el frio era demasiado. A las seis de la mañana estaba
en Burger King con un delicioso café con leche, había
pasado la peor noche del viaje. Luego del café fui por
la Cimarrona a Yamaha donde me dieron la sorpresa
de que no me correspondía el servicio gratuito. Tome la
cimarrona y me fui de allí, volviendo a Motul para que me
asesoraran sobre donde podría ir. Allí Andrés el gerente
me encamino en la ciudad y me dio 4 litros de aceite y
dos engrasa cadenas. Con eso salía buscar la parilla de
un uruguayo, llamada la estancia, de pronto podía hacer
algún mango para seguir camino. El dueño no me dio ni
la hora, tenía varios locales y estaba actuando de seudo
comentarista del mundial en la televisión local. La que me
dio una mano grande fue la encargada de los recursos
humanos, me dio una campera para la lluvia y me invito
con una hamburguesa del local.
Seguía estando en la calle, me dirigí a otra parilla, esta
de un argentino llamada la media cancha. Menos suerte,
pero al retornar veo un taller de motos y bajo. Les pido
para hacer un servicio y me atienden de buena onda. El
local de Moto Punto era un negocio familiar que estaba
a cargo del Lic. Jorge Alfonso Pantoja más conocido
como Poncho Pantoja. Poncho había sido comentarista
del campeonato mundial GP en canal 3 y luego se había
dedicado a la importación de motos y accesorios para
competición. Acuerdo con Poncho pasar al otro día, las
nubes presagiaban otro aguacero, por lo que me dirijo
a JKF una de las más grandes empresas de repuesto
en Guatemala en busca de el recambio de las cubiertas;
(Están hechas pelota).
Me contacto esa noche con gente del club de motos.
Estaban preparando una carrera en El Salvador para
ese fin de semana. Allí comparto charlas y relatos con
todos me dicen que van a ver lo que pueden hacer por
mí. Uno de los dirigentes del club me da 100 quetzales
en apoyo a la lucha. Esa noche volví a la Shell un poco
mejor armado, tenía todo el equipo seco y estaba con la
moto. Tenía toda la esperanza puesta en el otro día. Me
compre una hamburguesa para festejar las posibilidades y
prepare las cosas para pasar la noche.
Al otro día vuelvo a Moto Punto y cambio el aceite, allí
veo algunas de las maquinas increíbles que estaban a
la venta, una Kawasaki concours, Yamaha FZ1 y FZ6,
y Honda CBR 929. Vuelvo por repuestas de la gente de
repuesto las que son nulas, no me podían dar apoyo. Ese
día continúo la búsqueda por un par de cubiertas pero fue
una pérdida de tiempo, no logre nada.
Otra noche en la Shell ya con la intención de irme
de Guatemala. En la mañana salgo temprano, paso
por el taller de moto Punto y me despido de la gente.
Hago negocio con el aceite, Poncho con su amabilidad
característica me da 200 Q como colaboración para el
tanqueo. Esto eran todos los recursos a utilizar para llegar
a México.
Con el malestar de haber perdido el tiempo me hago
nuevamente a ruta. Tenía una fe barbará en que en
Guatemala iba a conseguir el apoyo necesario para dejar
a la Cimarrona en condiciones optimas para el resto
del camino. Esto no pudo ser así pero igualmente nos
sentíamos fuertes para seguir adelante. Si hay algo que
descubrí en el camino es que puedo perder una batalla,
pero no la guerra.
Me acercaba a la meta establecida cada vez más y con
ello crecía mi entereza. El instinto me llevaba al camino,
sentía que nada saldría mal. Que los malos momentos
eran solo eso: malos momentos. Al final después del
cruce de un puente desmoronado por el agua, sobre
unas tablas llegue a México. Estábamos contentos, creo
que ni yo podía creer que había llegado hasta aquí.
En ese momento sentí lo cerca que estaba del sueño.
Empecé a tener comunicaciones de mejor calidad, estaba
llegando a la civilización. Sentir que volvía a tener un
dialogo nuevamente con mis afectos en mi tierra, eso y
el lugar eran cosas que me hacían bien. En la noche Salí
de la frontera y comencé a buscar una gasolinera para
quedarme. A todas las que fui me dieron la negativa por
lo cual seguí adelante. Cerca de Hidalgo veo venir a una
moto como bólido en senda contraria, al rato la tenia al
lado. Pare y comenzamos a charlar. Era un muchacho
con una Suzuki 650 de competición con todos los
plásticos al mango, anaranjada metalizada, una maquina
elegante con toda la potencia para correr.
Hablamos de la posibilidad de alojamiento en hidalgo,
pero Alejandro me plantea que puedo pasar la noche en
su casa donde tienen otra casita vacía.
En ese momento empieza a llover y arrancamos para su
casa, donde llegamos empapados. Nos cambiamos y
estuvimos un buen rato de charla. El poblado se llamaba
Francisco de Imaderos y el piloto Alejandro de la Cruz
Barrios, el lugar era una especie de terreno que albergaba
la casa de varios parientes con todas sus familias. Allí
estaban sus tíos y hermano. La casa donde me dio
para quedarme estaba retirada de las principales y el
único amueblamiento era una cama de plaza y media.
El jolgorio de los pájaros y el cotorrerio de las voces de
las mujeres me despertó, junte todo salí afuera. El lugar
estaba bueno, varias construcciones alrededor de una
principal donde se encontraba el fogón, un enorme horno
a leña, un lavadero y una maquina de moler maíz. Todo
techado bajo un mismo recinto, que oficiaba de cocina.
A cargo de ella estaba Amalia, una viejecita de 74 anos
que cuando murieron los padres de Alejandro se hizo
cargo del. Alejandro se encargaba de moler el maíz por
las mañanas a todas las mujeres que venían y cobraba
una modesta suma por ello. Después de molerlo con un
poco de agua se obtenía una pasta que era usada en la
confección de las tortillas. Estas eran una constante a lo
largo del país. Todas las comidas se sirven con tortillas y
casi que sin cubiertos.
Además cuidaba de una hectárea de terreno donde tenía
sembrado maíz. Alguna vez estuvo trabajando en USA
donde se compro la moto y se vino con la madre – abuela.
Luego del desayuno puse ropa a lavar. Cada vez que
tenia la suerte de dar en una casa era de primer orden
aprovechar para lavar todo lo posible. Lo que no ayudaba
era que estaba nublado y el secado llevaría todo el día.
Por lo cual decidimos que era bueno quedarme otra
noche. Una de las tías, Floridalma, me convido con mole
de pollo para el almuerzo, El mole es un preparado tipo
guiso pero donde todo está licuado, además de
ingredientes como el cacao, conformando una pasta
oscura con el toque de chile jalapeño donde se reboza
cualquier carne. En la tarde Amalia se dedico a amasar
para sacar una horneada de pan dulce, en todo tipo de
moldes. Bauticé a los panes “Coqueiro” pues el molde era
una lata de sardinas ovalada de las grandes de esta
marca tan conocida. El resto de la tarde lo dedique a
internet. Comenzaba a estar con velocidades más altas lo
que beneficiaban el trabajo. A lo largo del camino había
dado con equipos tan malos y lentos que te sacaban las
ganas de trabajar. Pude respaldar más de mil fotos que
tenía en la cámara. Como era la regla en la noche volvió a
llover. En la mañana después de despedidas salí rumbo
a “Viva México” lugar donde se encontraba un reten de
aduanas para tramitar los papeles de la moto. Estando en
el lugar conocí a un uruguayo y un yanqui de los Ángeles,
bromeábamos del partido que iban a tener México y
Uruguay por la copa del mundo. Más adelante me
encuentro con un grupo de motos aparcadas en la vera de
la ruta, me detengo y me presento. Una de las motos iba
con problemas, saco un cable que uso de medidor de
tanque y veo que tiene gasolina y la maquina no encendía.
De pronto me fijo en la llave de paso de la nafta y veo que
esta para abajo.
- Cambia la llave para arriba, así la pones en reserva.
No prende porque solo queda gasolina para la reserva.
- doy estas directivas con autoridad y la maquina queda
marchando.
-vamos a desayunar a un lugar que queda a diez minutos,
venís?
- No tengo para el desayuno, solo el tanqueo para llegar a
Puerto Escondido.
- No importa, nosotros te invitamos.
De esta manera me enrole en la caravana, eran como
20 motos de todo tipo y color, conformado por seis de
Guatemala y el resto de Chápala. No sé donde me
llevaron, pero el restauran era un clásico en la zona,
con música en vivo, estaba lleno de gente y moteros.
Nos sirvieron carniza de cerdo, son platos con carne de
cerdo al horno, desmenuzada, acompañadas con tortillas
y una salsa verde picante y ensalada mixta. Me comí tres
platos y todavía me prepararon una bandeja para el viaje.
Pasamos un buen rato agradable entre bromas y cuentos
de ruta, Quedamos de comunicarnos por correo, nunca
supe quienes eran, más que su nacionalidad. Aquel
desayuno-almuerzo-cena me había retrasado un par de
horas, por lo que le di duro hasta Arriaga, al cual llegue
de noche. Me aloje en Defensa Civil, una especie de
entidad entre bomberos y 911. Me ofrecieron todas las
comodidades, y entre la charla se fue pasando el tiempo
hasta la hora de acostarme. En la mañana desayunamos
juntos y entre chanzas me despedí de esta buena gente.
Quedamos de vernos a la vuelta, poniendo proa hacia
Puerto Escondido. Me costó ponerme en camino, la
señalización es un poco extraña por aquí pues los
carteles te ponen el número de carretera y a la desviación
para entrar a cualquier pueblo tiene el mismo número
de ruta salvo excepciones. Los peajes son caros, por
lo que fui siempre por rutas de alternativa tratando de
esquivarlos, lo que pude lograr hacer positivamente.
La comida en ruta es cara, por lo que me plantee
mantener valores de un tercio del tanqueado para cada
comida. Es decir que si mi gasto de tanqueo es de
aproximadamente 60 pesos, tenía que sobrevivir con 20.
Lo que solo me deja margen de hacer una comida y un
frugal desayuno, solo tengo que equilibrar la distancia
tiempo entre ellas.
Había entrado por un costado de Chiapas, pero
quedaban muchos kilómetros para alcanzar la costa,
anduvimos todo el día entre montanas altas, subiendo
y bajando constantemente hasta alcanzar Puerto
Escondido finalmente. Un lugar de bahía tranquila con
montañas que abruptamente terminaban en el mar.
Me dedique a ponerme al día con internet y buscar un
lugar para dormir, que al fin conseguí en el local de la
alcaldía, un pasillo bajo techo nos iba a cobijar durante
un par de noches, bromeamos con los mexicanos del
lugar sobre el partido que teníamos al otro día. Les
recomendé que compraran vaselina para que no les
doliera tanto cuando lo empomáramos. Al otro día seguí
con internet y pude comunicarme con la familia y algún
amigo. Vi el partido entre sesenta mexicanos y fui el
único que grito el gol, por suerte ellos se clasificaron,
sino estaba difícil para mí más entre tantos mexicanos.
Pase esa noche nuevamente en Puerto Escondido para
continuar temprano la ruta. A la salida había un cartel que
anunciaba Acapulco a 340 Kilómetros, lo que presagiaba
un día duro con el calor y la distancia.
Anduvimos como tres horas entre selva y montañas, lleno
de curvas, subidas y bajadas; rodeados de vegetación
espesa y canto de aves.
De pronto aparece un cartel anunciando Acapulco a 360
kilómetros, no entendía nada, había navegado ciento y
pico de kilómetros y me quedaba más que al principio,
había algo mal. Me detengo prendo un cigarro y comienzo
a evaluar cuanto tanqueos tenía para llegar, por suerte el
dinero me alcanzaba justo con algún sobrante. Tendría
que trabajar en Acapulco para seguir adelante.
La Cimarrona sintió la dureza de los lomos de burro,
cruzamos cerca de cien para llegar hasta Acapulco; en
la tarde, casi entrada la noche estamos llegando, el plato
trasero venia a punto de romper sus agarres a la masa,
nuevamente como en Costa Rica necesitaba hacer la
misma reparación pero en condiciones peores. Se había
barrido gran parte del aluminio de la masa. Bajando el
cerro rumbo al mar veo un taller de motos, me estaciono
allí, eran como las ocho de la noche e intentaba esperar
hasta la mañana para reparar. Pase el tiempo hasta
que me quede dormido sentado en el murito, presa del
cansancio.
Siento un tironeo en la billetera, en el bolsillo de atrás y
abro los ojos, sorprendiéndome con el rostro de una joven
que intentaba sacarla; me incorporo de un salto, hecho
mano a la navaja la abro y salgo corriendo detrás de ella
mientras amenazo:
-
Te voy a cortar una mano, hija de puta!
Me detengo como a los treinta metros sabiendo que
nunca la alcanzaría, tenía como quince anos y corría
descalza. Vuelvo a la moto y en una inspección visual veo
que me han robado también el toldo de la carpa que la
cubría y el par de chinelas que me dio Hilda en Honduras,
bajo la vista y veo el sobre de la cámara abierto y sin ella.
-
La C… de tu madre, hija de puta…- grite desde lo
profundo.
No volví a dormir, la desazón por el robo de la cámara y la
impotencia de no poder hacer nada era mayúscula.
Repasaba las fotos que había perdido y seguía
maldiciendo, toda la entrada en México se había ido con
ella.
A las ocho abrió el taller enclavado en la loma:
-
Que necesitas? Me inquiere el dueño
-
Necesito hacer una reparación, yo mismo la hago,
solo necesito un martillo, ves? Y le señalo la rueda
trasera.
La observa y contesta:
-
Mira las herramientas no las presto, para eso abrí un
negocio, eso te cuesta 300 pesos
-
300 pesos, bueno, entonces gracias, que tengas
suerte.
Me monto en la moto y salgo en busca de otro lugar.
Preguntando a la gente y escoltado por una moto de
Policía de tránsito llego hasta el taller Motomar en Av.
Farallón, Moisés su dueño no estaba pero sus empleados
me permitieron hacer la reparación. Termine pasado el
mediodía por lo cual me despedí y salí con rumbo a la
estación de policía para denunciar el robo de la cámara.
Iba no se por donde cuando siento reiterada bocinas, giro
la cabeza hacia la izquierda y desde un utilitario blanco
me gritan:
-
En serio venís de Uruguay?
Y me hace una seña para aparcarnos adelante.
-
Sos uruguayo, venís desde allá en esta moto, vi las
banderas…cuando le cuente esto a mi mujer no lo va
a creer. Donde te alojas?
Allí le cuento mis peripecias, que voy a la policía a hacer
la denuncia, que no tengo donde alojarme y otras cosas
más.
-
Bueno, vemos que podemos hacer, porque no te vas
hasta Palladium donde trabajamos y ahí vemos, de
pronto te quedas en casa, tengo una habitación con
baño. Pero debes estar antes de las seis.
-
Sabes cómo llegar? – Dando instrucciones precisas
para llegar a Palladium, dado que vivía detrás de allí.
Así fue como conocí a Martin Tanzarelli, quien seria junto
a su esposa Claudia mis mecenas en Acapulco.
Retome la ruta con la alegría del encuentro, los policías
no me aseguraron que pudiera recuperar la cámara y
quedaron de mandar un mail en caso de hallarla.
De inmediato salí hacia Palladium, en busca de
Martin,”Subiendo la loma la vas a ver, un local enorme
blanco”. Empecé a subir buscando el lugar, me detengo a
preguntar a una pareja que estaba sentada en el muro de
la vereda, donde quedaba Palladium.
-
Dos cuadras para atrás – contestaron.
Al fin logre trepar hacia el lugar, Martín no había llegado
por lo cual en la espera tuve la oportunidad de apreciar
el lugar y sus vistas magnificas. Palladium era la más
grande discoteca de Acapulco enclavada en la cima de un
cerro con toda la ciudad a sus pies. El panorama era uno
de los más hermosos del viaje.
-
Comiste? – Inquirió Martin cuando llego
-
Bueno, vamos a buscar a la uruguaya y vamos a
comer algo.
Lo seguí hasta su casa a mitad del cerro, allí conocí a
Claudia Igartua, la uruguaya, con sus ocho meses de
embarazo a cuesta. La casa y el lugar que me asignaron
eran de maravillas, no lo podía creer. Me di un baño para
matar todo los bichos que había mantenido en el camino y
salimos a comer.
La amplitud de cabeza de Martin, que fueran tan abiertos,
el estar en un hogar, aun en construcción, en la espera
de una hija y el entorno que estaba me hacía sentir
eternamente agradecido. No tenía palabras ni gestos para
agradecer estos momentos. Tuve que rever mis valores
hacia los porteños, había encontrado a uno que tenía
un gran corazón y que a su vez estaba casado con una
uruguaya.
Los días en casa de Martín y Claudia eran los mejores
desde que había estado en Perú en casa de Iván.
Pude trabajar en la compu, ponerme al día con todo,
prepararme para seguir con todo blanqueado, surgían
contactos por parte de ellos pues sus familiares estaban
en los Ángeles, donde me dirigía, y sus conocimientos me
servirían para el futuro del viaje. Me mimaban en un hogar
y eso hacía que me sintiera de maravillas, poder bañarme
cuando quisiera y lavar los dientes a cada momento,
tener una cama y un baño, eran cosas que me parecían
increíbles y que nunca pensé en darles valor tan preciado.
Martin hasta me compro un par de lentes que hacían mis
tareas más fáciles, ese día casi me hace llorar, había
estado sin poder leer adecuadamente desde Puerto
Madryn, casi 16000 kilómetros atrás.
No es que uno se valla ablandando, pues mi espíritu
permanecía salvaje y indómito como al principio, sino
que empezaba a apreciar las pequeñas cosas, los gestos
simples que tenían las personas, sabia cuanta ayuda
necesitaba y cuan preciada era a la hora de llegar.
Esta pareja era un oasis de paz en el camino, estaban
ayudando a curarme y fortaleciendo para lo que seguía.
En las tardes íbamos a la playa, donde intentábamos
pescar con Martin algo, solo logramos sacar los peces
mas insólitos y feos de la bahía. Pasábamos hasta tarde
a la orilla del mar, saboreando la vista y liberando los
espíritus al son de las olas.
Hemos visto los partidos de Uruguay y Argentina
apoyando mutuamente nuestras selecciones en un hecho
sin parangones, (yo, hinchando por Argentina, realmente
insólito) gozando de sendos triunfos.
Esta convivencia había creado un lazo de aprecio y cariño
hacia ellos, ojala en el futuro nos volvamos a encontrar en
Uruguay y pueda devolver aunque solo sea una parte de
tantas gentilezas.
Estoy fuerte nuevamente, mañana o pasado sigo adelante
en busca de los Ángeles, mi meta futura, estamos en ruta.
Solo queda el agradecimiento de esta etapa a Poncho, su
carácter de buena persona nos hizo llegar hasta México y
a su equipo de Moto Punto.
A Hilda y su ayuda en el restaurant que con sus bondades
permitió seguir adelante.
Y en un capítulo aparte a Martin y Claudia que gracias
a ellos deje de ser un perro de la calle y volví a
rencontrarme con una familia.
Gracias a todos los amigos y familia que permiten
haber llegado hasta aquí, sin su apoyo este viaje habría
terminado hace rato.
A todos gracias, gracias…gracias y que la fuerza este con
vosotros.
Ernesto Urrestarasu.